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Layla abrió los ojos y los cerró casi de inmediato. La luz brillante le hacía sentir como si la cabeza fuera a partirse, pero también se dio cuenta de que el dolor de cabeza no desaparecía al cerrar los ojos. Los abrió de nuevo y soltó un gemido de dolor.

—¡Maestro Davian! —llamó Rosa—. Ella está d...